“Estando una noche en oración en la iglesia de la Catedral de Siena, vio entrar en la iglesia a nuestro Señor Jesucristo y tras Él una gran multitud de santos, y al Jesús levantar los pies, allí quedaban sus huellas. Todos aquellos santos que iban tras Él, estudiaban cómo poner sus pies en las huellas dejadas por Cristo. Y ninguno conseguía poner los pies exactamente en los pies de Él. Luego vino san Francisco, ligero y puro, y ponía sus pies perfectamente en las huellas de Él. Y se reveló esta visión a san Pedro Pettinaio, que nunca llegó a haber un santo que se pareciese tanto a Cristo como san Francisco”.
Quien escribe es fray Giacomo degli Oddi, fraile menor de la Observancia en el convento de Monteripido en Perusia, donde desempeña el cargo de guardián en 1460 y de nuevo en 1469 y 1480, autor de una obra hagiográfica, el Espejo de la orden, más conocida como Franceschina. En el primer prólogo fray Giacomo incluye la narración de esta visión que ve como protagonista al beato Pedro Pettinaio, un personaje que nos es familiar. Se trata de hecho de aquel Pedro Pettinaio del cual habla Dante en la Comedia. En el canto XIII (123-128) del Purgatorio, Dante encuentra entre los envidiosos a Sapia de Siena. Su conversación fue tardía, como ella misma admite: “Paz quise con Dios en el extremo de mi vida” y ahora se encuentra en el purgatorio gracias también a las oraciones de Pedro Pettinaio “quien de mí se apiadó por caridad”.
¿Quién es, pues, este personaje? De él se conoce poco. Sabemos que era de Siena y que en su ciudad practicaba el comercio de peines para el cardado. De ahí el sobrenombre de “pettinaio” (peinetero). Se distinguía por su honestidad y devoción; murió de edad avanzada en Siena el 5 de diciembre de 1289. Ubertino de Casale añade otro detalle a su biografía. Nos dice, de hecho, que Pedro Pettinaio residió durante algún tiempo en el convento de Santa Cruz en Florencia como terciario, es decir como miembro de la Tercera Orden que acogía laicos, hombres y mujeres, que deseaban seguir en el mundo los pasos de Francisco.
Pero volvamos al texto de la Franceschina. Nos encontramos en la Catedral de Siena por la noche. Pedro está en oración. Al improviso, una visión. Son palabras de tal sencillez y frescura que no pueden no interrogarse. Palabras que saben a determinación. Jesús camina y deja sus huellas. Tantos se esfuerzan por poner sus pies en aquellas huellas... pero llega entonces Francisco y “ligero y puro pone sus pies perfectamente en las huellas de Él”. Seguir a Jesús es poner nuestros pies en sus huellas, repetir sus pasos tras Él. El tema una vez más es el de la conformidad de Francisco con Cristo, como concluye fray Giacomo: “nunca llegó a haber un santo que se pareciese tanto a Cristo como san Francisco”, pero esta imagen, en su claridad, tiene la fuerza de arrasarnos y llamarnos a seguir el mismo camino.
“Nunca llegó a haber un santo que se pareciese tanto a Cristo como san Francisco”.
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